Silencio.
Hace más de cien días que las sustancias no perturban mi templo.
Me he perdido varias fiestas en la búsqueda de serenidad.
Falsos amigos, desenmascarados abruptamente al negarme a pitar.
Mientras que acá inhalo solito, drogándome con el frío viento de la noche.
Aún así, este cambio tambalea ante la creencia de haber actuado mal.
Mi fortaleza es derribada desde adentro, como si mi pecho tuviera enemigos.
¿Será que ansioso me puse, y pequé de hablar de más?
Dejando que tu silencio imponga una sentencia de inquietud.
Parece que estoy perdiendo un partido que ya jugué un millón de veces.
¿Por qué sigo caminando descalzo sobre arenas movedizas?
Me deshago de toda la atracción que visualmente hemos cultivado.
Pronunciando palabras ingenuas para sembrar lo inexistente.
Me castigo y me castigo. Vuelvo a odiarme de a poquito.
Una inseguridad vergonzosa es como sal para esta herida.
¿Pero si tú no eras nadie hace solo un par de días?
Ahora te volviste un recordatorio del error.
Esta vez es distinto, sí, porque toca digerirlo.
Nada de anestesiar este vacío con el humo del cobarde.
Hoy no saldré borracho a buscar algo casual.
Lloraré mientras medito, valiente en la oscuridad.
Ella, en mi opinión, puede lucir con orgullo su silencio.
Una chapa honrosa para otro escalón de aprendizaje.
Nuestro futuro, si existiera, descansa misterioso en sus manos.
Que tocarán al hombre maduro que finalmente aprendió a callar.

