Mi primera misa

A los 25 años de edad, un miércoles al mediodía.

En la pequeña capilla de Santa Eugenia, donde las decoraciones en las paredes conmemoran la vida, la muerte y la resurrección de Jesucristo.

Con un altar de madera que se eleva levemente por sobre la congregación, allí entrarían máximo 25 personas.

El equipo de Cireneos me invitó a participar de este ritual.

Acompañados por un misionero en la guitarra y otra chica que cantaba, oímos el sermón.

Yo no sabía qué hacer, y estaba solo en esa situación.

Mis hermanos y hermanas frecuentan esta práctica desde que son niños y niñas. Conocen la letra de las canciones y saben lo que hay que decir en esos breves instantes en los que el cura hace su silencio.

Parecen una fuerza única; energía en sinergia.

El desagradable sentimiento de estar fuera de lugar hizo su mejor esfuerzo para escabullirse dentro de mi espíritu, de manera amenazante y repentina, pero sin éxito alguno.

Entre el ambiente acogedor y la cálida compañía, me sentí como en mi casa.

Además, el mensaje que se transmitió trasciende el pueblo o la fe.

El sermón era relativamente estándar, considerando la cotidianidad de la ocasión. Aún así, el cura se tomó la molestia de regalarnos tres lecciones fundamentales y transformadoras.

Comenzó por hablarnos del perdón de Dios.

De este segmento recuerdo menos los detalles, ya que me estaba adaptando al poder del momento, pero el mensaje se entendió. Dios perdona al pecador arrepentido.

Se hizo énfasis en esto, porque es difícil de creer. Al menos en mi caso, me costó abrirme a la idea.

Cuando la misa terminó, pasé un largo minuto mirando fijamente un retrato de Jesús que colgaba en la pared.

“¿En serio puedo desprenderme de las equivocaciones que acarreo desde que soy un infante?”, me preguntaba. Este concepto me resulta realmente extraño; creo que estoy acostumbrado a cargar con las culpas de mi antiguo yo.

Mirando ese retrato, me sentí liviano.

Para la segunda lección, el cura nos contó una anécdota.

Nos comentó que, un tiempo atrás, él y un par de amigos habían ido a trepar un cerro. Al parecer, uno de ellos se encontraba en un período muy crucial de su vida, y tenía una decisión que afrontar: ser o no ser sacerdote.

El hombre no estaba para nada seguro, y le aseguró a sus colegas que iba a buscar una señal de Dios.

“Si Dios quiere que lo haga, hoy va a poner una rosa en mi camino”, decía el potencial futuro sacerdote.

El grupo trepó el cerro, disfrutó de la aventura y, al llegar abajo, se encontró con una señora mayor que necesitaba desesperadamente la ayuda de manos fuertes.

El protagonista de este cuento la ayudó, desde la bondad de su alma, y recibió un agradecimiento muy especial por parte de la mujer.

“Tome, mijo, llévese una de estas, por su amabilidad el día de hoy”, decía la señora, mientras revelaba ante el muchacho una caja con rosas de plástico.

“No… ¡no, gracias! No la quiero, se la puede quedar”, tartamudeaba nuestro amigo, quien no podía creer lo que le estaban ofreciendo.

Eventualmente, el hombre elegiría otro camino, y su decisión la justifica afirmando que “esa rosa no contó porque era de plástico”.

“No busquemos las señales de Dios, porque puede que Él nos las dé, y nosotros no estemos listos para aceptarlas”, concluía sensatamente nuestro cura, como moraleja de esta historia.

Madre mía, si será cierto… que a veces uno anda buscando con la cabeza agachada.

Finalmente, presenciamos una lección algo más demostrativa.

El cura le pidió a la chica que cantaba que le traiga de su oficina un puñado de lápices/marcadores/lapiceras. Cuando los tuvo en su mano, separó un típico lápiz 2B y llamó a uno de los jóvenes de la audiencia.

“Vos parece que tenés fuerza, ¿te crees capaz de romper este lápiz?”, le preguntó al chico, y al obtener una respuesta afirmativa, le instruyó que lo parta a la mitad.

“Perfecto” exclamó, cuando el lápiz se partió éxitosamente.

“Ahora, ¿podrías romper esto?” cuestionó, colocando en su mano el puñado entero de lápices, lapiceras y marcadores, que juntos formaban un conjunto cilíndrico bastante sólido.

Era evidente que no iba a poder con todos a la vez, y así nos cayó la última enseñanza.

“Solos, somos frágiles. Cualquier palabra o acción nos puede romper. Pero juntos, la unión es inquebrantable.”

¿No es así?

Para cerrar la misa, el sacerdote nos bendijo, nos tomamos de las manos en una última oración, y nos abrazamos con cada uno de los presentes, proclamando el deseo genuino de que “la paz esté contigo”.

Uno de los Cireneos se acercó a mí, con intención y pregunta preparada.

“¿Fue tu primera misa, entonces?”. Cuando le dije que sí, el tipo me dió un medio abrazo y llamó al resto diciendo “¿sabían? ¡Esta fue la primera misa del hombre!”

No soy una persona que sienta vergüenza, por lo que solo me sentí bienvenido.

Esta experiencia me deja con una perspectiva optimista para el futuro, considerando mis tendencias hedonistas y trasfondo religioso inexistente.

¿Gente de mi edad que ayuda activamente a los más necesitados, y participan en ceremonias donde se promueven los mandatos divinos?

Espero que estén al tanto de lo magnífico que es. En estos tiempos inciertos donde se venera la tecnología, las celebridades, el entretenimiento y los estímulos, las uniones sinceras que priorizan un bien mayor pueden terminar siendo una medicina infalible para la abrumadora vida moderna.

Mi primera misa me abrió las puertas a un mundo nuevo.

He recibido una invitación de Jesús para aventurar en su reino.

Nunca fui de los que temen explorar…

Escrito exclusivamente para Cireneos.org/blog.

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